Muchas bendiciones por la Resurección de Nuestro Salvador

Domingo de Resurrección

Domingo de Resurrección

QUERIDA FAMILIA DE SCHOENSTATT :

MUCHAS BENDICIONES A USTEDES Y SUS FAMILIAS EN ESTE DIA EN EL QUE   CELEBRAMOS LA RESURRECCION DE NUESTRO SALVADOR.

Adjunto parte de una reflexión escrita por el Padre Carlos Padilla ( Sacerdote de la Comunidad de  Schoenstatt   Que esta lectura  nos ayude a entender ese gran misterio de amor :

”  Jesús da su vida por nosotros ”

«Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado» Hechos 10, 34a. 37-43.

Jesús dijo su última palabra descorriendo la piedra del sepulcro. Jesús abrió el camino de la vida. Nos enseñó que aquí solo estamos de paso. Nos abrió a la misericordia de un Dios bueno que nos abraza. Que nos quiere en nuestra pobreza y nos busca para que vivamos una vida plena. La vida fue su última palabra………………..

Los discípulos habían visto vivo a Jesús. Habían visto su amor, su angustia, su poder y su impotencia. Habían visto su abandono, su condena y su muerte. Lo habían visto entregar su vida, expirar el último aliento de vida. Ahora corren hasta el sepulcro pensando encontrar un cadáver. Pero no lo vieron. Sólo vieron el sudario, la tumba abierta, el sepulcro vacío. No vieron y creyeron. No vieron su cuerpo, ese mismo cuerpo que los fariseos temían que podía ser robado: «Los jefes de los sacerdotes y los fariseos fueron juntos a ver a Pilatos y le dijeron: – Señor, recordamos que aquel embustero, cuando vivía, dijo que al cabo de tres días iba a resucitar. Por eso, manda  asegurar el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan de noche sus discípulos, roben el cuerpo y después digan a la gente que ha resucitado. En este caso, la última mentira sería peor que la primera». Los judíos temían   el engaño. Temían el robo. Tal vez también lo temían los propios discípulos, sus amigos.

Iniciaron un camino, recorrieron un largo trecho. Comenzaron en la noche y llegaron a la luz. La Vigilia Pascual nos  hace recorrer ese mismo camino desde la oscuridad hasta la luz. Comenzamos de noche, perdidos, desorientados. Buscamos algo de luz. Decía San Juan de la Cruz: «De noche iremos, que para encontrar la   fuente sólo la sed nos alumbra. ¡Qué bien sé yo la fuente que mana y corre aunque es de noche! Su claridad nunca es oscurecida y sé que toda la luz de ella es venida. Esta eterna fuente está escondida en este Vivo Pan por darnos   vida. Esta viva fuente que deseo en este Pan de Vida yo la veo, aunque es de noche». Vamos de noche en la oscuridad del corazón que ha perdido temporalmente el sentido de la vida. Vamos corriendo desde la noche a la vida. ¡Cuántas personas viven sin luz! Comenzamos en tiniebla. Siempre hay pequeñas velas encendidas que nos muestran el camino. Luces apenas insuficientes para iluminar todo el camino, pero bastantes como para alumbrar unos pocos pasos. Los próximos.

Vamos corriendo como los discípulos: «El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la

losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: – Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro». Ellos corrieron con miedo, con certezas y preguntas, en medio de la noche. Son las carreras al sepulcro que marcan el domingo de resurrección. Buscan en la oscuridad, como nosotros tantas veces. Buscamos y anhelamos la luz que nos alumbre, el fuego que nos encienda el alma.

Siempre pienso que María sería la primera persona a la que Jesús se aparecería resucitado. Ni María Magdalena, ni Juan, ni Pedro. Pienso en su madre. Ella, que estuvo acompañando sus pasos en el «via crucis», estaría en la primera estación del «via lucis», el camino de la luz, de la resurrección. María amaba profundamente a Jesús. Se conmovería al ver su dolor en el huerto de los olivos. Sufriría por Judas y su traición. Lloraría con las lágrimas calladas de Pedro. Se partiría en sus entrañas esa noche en la que, en la soledad de la cisterna, Jesús sufrió el abandono más cruel. Estaría a su lado en cada momento del camino. Sin miedo, con dolor. Sería un recorrido de pocas palabras, de muchos silencios y miradas. María miraría a Jesús en la casa de Caifás. Oiría las acusaciones. Sufriría por la injusticia. En la  noche lo acompañaría de cerca. Me conmueve pensar que María escucharía, pegada al suelo, el latir del corazón de Jesús en aquella prisión, en la cisterna en la que pasó la noche. María escucharía a la muchedumbre pedir la muerte de su hijo. Se mantendría firme como una columna viendo cómo herían  su cuerpo agotado.

Lo vería coronado de espinas, a ese niño al que había criado en sus brazos. Sufriría por no poder hacerle llegar palabras de aliento. Le gustaría evitar su sufrimiento, es más, querría sufrir ella los dolores en su propia piel si con ello lograba evitar tanto dolor a su hijo. María lo acompañaría camino al calvario. Sufriría con sus caídas bajo el peso de la cruz. Estaría dispuesta a ser ella una cirinea. Se desplazaría entre muchos hombres, buscaría huecos por los que avanzar sin miedo a ser detenida. Lo miraría con dolor, con tristeza, conmovida. Lloraría con él en la distancia. Lo abrazaría con sus silencios y sostendría el peso de su cuerpo como había hecho tantas veces de pequeña. Lloraría llena de amor. Miraría sus pasos temblorosos.

Una persona rezaba: «Me fijo en María. Ella sólo ha tenido   mirada para ti. Sé que es imposible comprender su dolor, que no puedo consolarla. Me gustaría encarnar una de esas santas mujeres que saben acompañarla, darle esa mano para que apriete en el momento del dolor. Abrazarla mientas se encoge por el dolor. Me hubiera gustado poder recoger con ella la sangre de tu pasión. Me consuela más Ella a mí de lo que yo puedo consolarla a ella. Junto con María puedo recoger la sangre que se derrama en tantos corazones que no te sienten, a veces en el mío propio. Sólo con ella es posible seguir tu camino». María se quedaría al fin quieta al pie de la cruz.

Siempre me conmueve pensar en la llamada cruz de la unidad.  Esa cruz representa la escena del Calvario. Madre e hijo se miran. María sostiene el cáliz con la sangre vertida por su hijo. El corazón roto, el alma herida. María recibiendo la vida que se entrega, el amor que se desborda. María estuvo al pie de la cruz. Permaneció fiel, como una columna. No la alejaron los clavos y su dureza. No la apartó el peso del madero. Se dirían alguna palabra más de las que conocemos. Ella le diría cuánto le amaba y le recordaría que no estaba solo, que nunca había estado solo y que nunca más lo estaría. Le diría que nunca se separaría de Él. Y que Ella no había perdido nunca la esperanza. Estaba convencida de que Él hacía todas las cosas nuevas. Sí, todo en Él tenía sentido. Todo el camino a la cruz era un camino de amor que llevaba a la vida, a la eternidad, al corazón del Padre.

Aquellos que habían sido testigos de su vida, de su muerte y de su resurrección no podían callarse.  «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios» Colosenses 3,  1-4. Los discípulos corren hoy al sepulcro, sedientos, anhelando la vida. Los discípulos han soñado con otro final distinto a la muerte. Llegan al sepulcro, buscando la fuente, porque tienen sed. La ausencia del cadáver es la señal esperada. Cristo vive. Tiene la fuente que nos da el agua que necesitamos. La Vigilia pascual es el paso de la muerte a la vida, de la sed a la fuente. Bendecimos el agua que nos colma. Porque todos, como la mujer samaritana, tenemos sed. Sed de una vida eterna. Cristo resucita.

Rompe la roca que cierra la vida y surge el agua. Aparta esos sudarios sin esperanza. Hace brotar la vida de la muerte. De aquel sepulcro seco y muerto brota el agua de una vida nueva. Jesús nos salva. Nos levanta. Tenemos sed y somos saciados. Recibiendo el agua de su costado abierto, recuperamos la  vida. Un surtidor de agua brota en nuestro interior hasta la vida eterna. Es lo que anhelamos, una vida nueva. Que esta agua haga brotar vida de nuestro  nuestro corazón que es un desierto. El agua del bautismo, el agua que nos convierta, el agua que nos limpie y purifique. Somos fuente, somos mar, somos río. Lo somos porque Cristo ha cambiado nuestro corazón y lo ha hecho navegable, lo ha transformado en fuente de vida nueva, de agua viva. Ha acabado con la sequedad. Ha hecho florecer nuestra vida.

 

Padre Carlos Padilla / Sacerdote de Schoenstatt / Madrid / España

QUE LA MATER LES BENDIGA.    KATHY

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